lunes, 31 de marzo de 2008

La estación total

Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día
vuelve, y silba su amor embriagado,
meciendo su inquietud en fresco oro,
nos abre, negro, con su rojo pico
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.

No cabemos, por él redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imajinario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar)
Las alturas nos vuelcan sus últimos teosoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos,
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.

Y el mirlo canta, huye por lo verde
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneando alegremente por el aire,
dueño por completo de su placer doble;
entra, vibra saltando, ríe, habla,
canta...Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva,
y nos hace la vida suficiente.

¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!

Juan Ramón Jiménez